El superpoder de buscar siempre “el punto más” en lo que estamos haciendo: el FUA

Tengo que decir que muchas veces tengo tantas tareas que hacer, tantos compromisos, que no encuentro el momento de dedicarle tiempo de calidad a las cosas que debería cuidar.

Estoy trabajándomelo bastante para que eso me suceda cada vez menos. Muchas veces trato de dedicar el tiempo que considero óptimo a muchas tareas y, a veces, me olvido de dar el FUA.

Pero aún así, cuando me pongo a hacer una tarea, siempre estoy pensando en ello.

Qué es dar el FUA

Para quienes no lo recuerden, el FUA fue un meme que se hizo viral hace ya unos años: un hombre explicaba con una pasión desbordante que “hay que dar el FUA, el esfuerzo extra, el poder que sale del alma cuando ya crees que no puedes más”.

Lo que en su momento parecía una anécdota cómica terminó convirtiéndose en algo más profundo: una forma de entender el trabajo, de encarar la vida y de dejar una huella distinta en lo que hacemos. Aunque fuera un meme, el tipo tenía toda la razón.

Dar el FUA es ese empuje final que convierte lo correcto en excelente.

No tiene que ver con hacer más horas ni con agobiarse por perfeccionarlo todo; tiene que ver con ponerle alma a las cosas, con cuidar los detalles y con no quedarse en el “ya vale así”.

Dar el FUA es pensar en quién hay al otro lado y preguntarte qué puedes hacer para que su experiencia sea un poco mejor.

Es el hábito de añadir valor donde otros solo cumplen.

Es la diferencia entre entregar algo y dejar una impresión.

Algunos ejemplos de aplicar el FUA

  • Cuando te adelantas a un problema que va a tener tu cliente y le llamas antes de que él se dé cuenta.
  • Cuando preparas una presentación cuidando la coherencia visual, la narrativa y el tono para que refleje la esencia de la marca.
  • Cuando un correo que podría ser funcional se convierte en una oportunidad para conectar de verdad, con un tono cálido y humano.
  • Cuando revisas un informe una vez más, aunque “ya esté bien”, sabes que esa pequeña mejora en la redacción o en los datos marcará la diferencia.
  • Cuando entregas un proyecto y, además, dejas un manual o una guía sencilla para que el cliente pueda continuar sin depender de ti.
  • Cuando una propuesta no solo convence, sino que inspira.
  • Cuando haces que algo sea más fácil de usar, más intuitivo, más agradable de ver.
  • Cuando tu trabajo no solo soluciona, sino que transmite cuidado en los detalles, interés.

Y, para contrastar, los momentos en los que no se da el FUA son igual de reveladores:

  • Cuando se entrega algo solo para cumplir el expediente, sin pensar si quien lo recibe podrá aprovecharlo bien.
  • Cuando una web cumple, pero no convierte, que el contenido no genera interés real ni posiciona, o que carga lenta porque nadie se preocupó por optimizar el código o las imágenes.
  • Cuando un diseño se ve correcto pero no comunica nada.
  • Cuando una presentación tiene toda la información, pero está hecha sin intención ni coherencia visual, sin vestir.
  • Cuando se redacta un documento sin pensar si la otra persona lo va a entender o si genera más dudas que respuestas.
  • Cuando se atiende a un cliente con prisa, sin escuchar lo que realmente necesita.

Ojo, dar el FUA no significa eternizarse ni caer en el perfeccionismo o en un TOC.

Hecho con alma y a tiempo siempre será mejor que perfecto y tarde.

El FUA no es obsesión, es intención: hacer las cosas bien, no hacerlas infinitamente.

El FUA es, en esencia, todo lo contrario a eso. Es dar ese pequeño paso más que separa lo funcional de lo memorable.

Ejemplos concretos

Hace poco mandé un mensaje a un cliente nuevo para mí, aunque ya había tenido relación con uno de mis clientes. Sabía que era ruso y que vivía en España, así que le escribí nuestro mensaje de recontacto en tres idiomas: ruso, español e inglés. Le conté que no soy fluido en ruso, pero que estoy aprendiendo (Duolingo, ruso y alemán).

El resultado fue inmediato: el cliente respondió enseguida, agradeció el esfuerzo y empezamos a hablar con naturalidad. Ese pequeño gesto abrió una relación que hoy sigue creciendo.

En otro proyecto, intervenimos en una empresa que multiplicó por 12 los leads que le llegaban y aumentó en un 40% la facturación estimadapara ese año.

El secreto no fue un truco técnico, sino aplicar el FUA: mejorar su narrativa comercial, simplificar su embudo y humanizar la comunicación.

Cómo trabajar a partir de ahora para dar el FUA

Lo primero de todo es pensar para qué se va a usar lo que vas a realizar. Quién lo va a ver, quién lo va a usar, quién lo va a trabajar.

Pregúntate:

  • ¿Esa persona domina la tecnología?
  • ¿Sabrá utilizarlo con facilidad?
  • ¿Qué puedo hacer para que sea más cómodo para ella?
  • ¿Qué puedo hacer para facilitarle el trabajo?
  • ¿Qué aspecto tiene lo que he hecho?
  • ¿Qué mejoras podría hacer para que tuviera mejor pinta?
  • ¿Qué detalles conozco que me ayuden a conectar con la persona?

Y, después de esas preguntas, viene la que lo cambia todo: “¿Y qué más podría hacer para mejorarlo?”

Esa pregunta, repetida con intención, es la que te lleva del trabajo correcto al trabajo excelente.

Cuando piensas en tu cliente, en su contexto, en su tiempo, y decides poner un poco más de ti, estás dando el FUA.

Y entonces aparece Ricardo

Para mí, Ricardo es una persona increíble.

Y no lo digo solo porque, además de todo, sea mi amigo: lo pienso de verdad.

Es una de esas personas que parecen vivir varias vidas a la vez. Es un creador nato, con una curiosidad insaciable y una capacidad para aprender que impresiona. Es redactor, multiinstrumentista, productor musical, diseñador audiovisual, ilustrador, artista plástico, creativo, técnico y cuidador, por poner solo unas pocas cosas 😅 que hace en The Moon’s Son, en ZILON o donde el próximo desafío le lleve.

Tiene un sentido estético afinadísimo y una capacidad natural para ordenar ideas complejas, sintetizarlas y darles forma.

Pero más allá de su talento, lo que distingue a Ricardo es su forma de estar en el mundo: es empático, organizado, lógico, honesto y profundamente humano.

Es un profesional que combina la sensibilidad artística con la precisión técnica, algo que hoy es raro y valioso.

De él nació la idea de que “en la consultoría hay que tener un aire distinto”, que no podemos ser los típicos señores de corbata que cobran por repetir teorías ajenas.

De él viene la convicción de que la marca de The Moon’s Son debe ser genuina, fresca y diferente, que podemos ser perfectamente profesionales, sin aburrir a la gente, sin caer en la repetición, atrevernos a salir de la zona de seguridad de seguir la corriente, de cambiar las reglas del juego.

Y también los claims de “subir de nivel” y “pasar de pantalla”, que se han convertido en nuestro sello.

Ricardo siempre da el FUA.

Siempre da ese esfuerzo extra que transforma lo que toca en algo mejor, más cuidado, más vivo.

En el contexto actual, no se conforma con lo que devuelve una IA, lo lleva más lejos: lo reinterpreta, lo mejora, lo hace suyo de verdad.

Tiene esa visión que le permite encontrar los matices que separan lo bueno de lo excelente.

Además de encargarse de la organización interna de The Moon’s Son, Ricardo ayudará a nuestros clientes a mostrar su mejor versión, a refinar su presencia visual y conceptual y a destacar sobre la competencia con identidad propia y coherencia estética.

Porque aunque tú no te des cuenta, muchas veces tu marca no transmite lo que quieres que haga, él sabe encontrar esas diferencias que hacen que una cosa que puede ser genial sea extraordinaria.

Si necesitas ayuda con algún proyecto y quieres una visión humana, empática y diferente, podemos ayudarte.

Escríbeme a juan@moonsson.com y trabajaremos juntos para ayudarte en lo que necesites.

The Moon’s Son, Game Changers. Una consultoría empática para mejorar las empresas.

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